domingo, 8 de junho de 2008

EL CRISTIANISMO ¿En qué consiste?- C.H Mackintosh

EL CRISTIANISMO
¿En qué consiste?
Filipenses 3



En otra ocasión, sostuvimos que la Biblia —y no un sistema particular de teología deducido de ella— era la guía suprema y plenamente suficiente de la Iglesia, en todas las épocas, en todas las latitudes y bajo todas las circunstancias. Ahora nos proponemos presentar a nuestros lectores, no una forma particular de religiosidad humana, sino el cristianismo en su excelencia moral y en su belleza divina, tal como está ilustrado en este conocido pasaje de la epístola a los Filipenses. No osamos tomar la defensa de los hombres ni de sus sistemas. Los hombres yerran en su teología y en su moral, pero la Biblia y el cristianismo permanecen inalterables e inquebrantables. ¡Qué gracia indecible! ¿Quién podría apreciarla debidamente? Poseer una regla perfecta de teología y de moral, es un privilegio por el que jamás podríamos estar suficientemente agradecidos. Poseemos esta norma —bendito sea Dios— en la Biblia y en el cristianismo que ella expone. Los hombres pueden errar en sus creencias y faltar en su conducta, pero la Biblia no deja de ser la Biblia, y el cristianismo no deja de ser el cristianismo.

Ahora bien, creemos que el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses nos presenta el modelo de un verdadero cristiano, un modelo según el cual todo cristiano debería ser formado. El hombre que se nos muestra aquí, podía decir por el Espíritu Santo: “Hermanos, sed imitadores de mí” (Filipenses 3:17). Él no habla así en su carácter de apóstol, ni como hombre dotado de dones extraordinarios, habiendo tenido el privilegio de haber visto inefables visiones. En este versículo 17 de nuestro capítulo, no oímos a Pablo el apóstol ni a Pablo el vaso dotado, sino a Pablo el cristiano. Nosotros no podríamos seguirlo en su brillante carrera como apóstol. No podríamos seguirlo en su arrebatamiento al tercer cielo; pero sí podemos seguirlo en su marcha cristiana a través de este mundo; y nos parece que en este capítulo tenemos una vista completa de esta marcha, y no solamente de la marcha en sí, sino también del punto de partida y de la meta. Vamos, pues, a considerar:

· Primero: La posición del cristiano
· Segundo: El objeto del cristiano
· Tercero: La esperanza del cristiano

¡Que el Espíritu Santo sea nuestro instructor, mientras nos detenemos un poco en estos puntos tan importantes y tan llenos de interés! Y ahora, abordemos el primer punto:

1. La posición del cristiano

Este punto, en nuestro capítulo, se halla desarrollado de manera doble. No sólo se nos dice lo que es la posición del cristiano, sino también lo que no es. Si alguna vez ha existido un hombre que pudiera jactarse de tener su propia justicia con la cual estar delante de Dios, ése ha sido Pablo. “Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6).

He aquí un muy notable catálogo que presenta todo lo que se podría desear para constituir una buena posición en la carne. Nadie podía aventajar a Saulo de Tarso. Él era un judío de pura cepa, de una conducta irreprensible, con un celo ferviente y una devoción inquebrantable. En sus principios, era un perseguidor de la Iglesia. Como judío, era imposible que no viese que los fundamentos mismos del judaísmo eran sacudidos por la nueva economía de la Iglesia de Dios. Era absolutamente imposible que el judaísmo y el cristianismo pudiesen subsistir sobre el mismo terreno, o que pudiesen reinar juntos sobre el mismo espíritu. Un rasgo especial del antiguo sistema era la estricta separación de judíos y de gentiles; un rasgo especial del último es la íntima unión de ambos en un solo y mismo cuerpo. El judaísmo erigía y mantenía la pared intermedia de separación; mientras que el cristianismo la derribó para siempre.

Por tal motivo, Saulo de Tarso, como celoso judío, no podía ser sino un ardiente perseguidor de la Iglesia de Dios. Ello era parte de su religión, en la cual él “aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación”, siendo “mucho más celoso” (Gálatas 1:14). Saulo tenía todo lo que se podía tener bajo forma de religión; cualquiera fuese la altura que el hombre podría alcanzar, él la alcanzaba. No se le escapaba nada que pudiese contribuir a construir el edificio de su propia justicia, de la justicia en la carne, de la justicia en la vieja creación. Le fue permitido apropiarse de todas las atracciones de una justicia legal, a fin de que pudiese arrojarlas lejos de él en medio de las glorias más brillantes de la justicia divina. “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:7-9).

Debemos notar aquí que el pensamiento más sobresaliente en este pasaje no es el de un pecador culpable que echa mano de la sangre de Jesús para obtener el perdón, sino más bien el de un legalista que echa de lado, como escoria, su propia justicia, por haber encontrado una mejor. Ni precisamos mencionar que Pablo era un pecador por naturaleza, “el primero de los pecadores”, y que, como tal, tuvo que apropiarse de la sangre preciosa de Cristo, y hallar allí el perdón, la paz y la aceptación para con Dios. Muchos pasajes del Nuevo Testamento nos enseñan esto; pero no es éste el pensamiento principal del capítulo que estamos considerando. Pablo no está hablando de sus pecados sino de sus ganancias. No está ocupado con sus necesidades como pecador, sino de sus ventajas como hombre, como hombre en la carne, como hombre en la vieja creación, como judío, en una palabra.

Es cierto, benditamente cierto, que Pablo trajo todos sus pecados a la cruz y que ellos fueron lavados en la sangre expiatoria de la divina ofrenda por el pecado. Pero vemos otra cosa en este importante pasaje. Vemos a un hombre legalista arrojando lejos de sí su propia justicia y estimándola como una cosa repugnante y sin valor en comparación con un Cristo resucitado y glorificado, quien es la justicia del cristiano, la justicia que pertenece a la nueva creación. Pablo tenía pecados que lamentar, pero tenía una justicia en la cual podía gloriarse. Tenía culpa en la conciencia, y laureles en la frente. Tenía abundantes cosas de que avergonzarse, y abundantes cosas de que gloriarse. Pero el punto principal que se presenta en Filipenses 3:4-8 no es el de un pecador cuyos pecados han sido perdonados, su culpa borrada y su vergüenza cubierta, sino el de un legalista que deja atrás su propia justicia, el de un erudito que se despoja de todos sus laureles, el de un hombre que abandona su vanagloria por la sencilla razón de que ha hallado la verdadera gloria, el galardón inmarcesible y una eterna justicia en la Persona de un Cristo victorioso y exaltado. No se trataba solamente de que Pablo, el pecador, tuviese necesidad de una justicia, porque, en realidad, él no tenía ninguna; sino de que Pablo, el fariseo, prefería la justicia que le fue revelada en Cristo, porque ella era infinitamente mejor y más gloriosa que toda otra.

Sin duda, Pablo, como pecador, tenía necesidad de una justicia, en la cual pudiese estar de pie ante Dios, como todo otro pecador; pero no es eso lo que él nos presenta en este capítulo. Deseamos que nuestros lectores comprendan con claridad este punto, a saber, que no es sólo cuestión de que mis pecados me muevan hacia Cristo, sino de que Sus excelencias me atraen a Él. Es cierto que tengo pecados y que, por lo tanto, necesito a Cristo; pero aunque tuviese una justicia, la arrojaría lejos de mí y sería dichoso de refugiarme “en Él”. Sería una positiva “pérdida” para mí el tener una justicia propia, ya que Dios me ha provisto en su gracia de tan gloriosa justicia en Cristo. Es como Adán en el huerto de Edén; estaba desnudo y, en consecuencia, se hizo un delantal; pero habría sido una “pérdida” para él el hecho de conservar el delantal después que Jehová Dios le hiciera una túnica. Seguramente era muchísimo mejor tener una túnica hecha por la mano de Dios, que un delantal hecho por la mano del hombre. Así pensó Adán, así pensaba Pablo, y así pensaban todos los santos de Dios cuyos nombres hallamos grabados en las páginas sagradas. Es mejor estar en la justicia de Dios, que es por la fe, que estar en la justicia del hombre, que es por las obras de la ley. No es solamente una gracia ser librados de nuestros pecados mediante el remedio que Dios proveyó, sino que es también una gracia ser librados de nuestra justicia y aceptar, en lugar de ella, la justicia que Dios reveló.

Así pues, vemos que la posición de un cristiano está en Cristo. “Hallado en él” (Filipenses 3:9). Ésta es la posición cristiana. Nada más ni nada menos que ésta. No es que una parte esté en Cristo y la otra en la ley, una parte en Cristo y otra en las ordenanzas. No; se halla toda “en él”. Ésta es la posición que el cristianismo provee. Si se la tocase en lo más mínimo, no sería más el cristianismo. Puede que se trate de algún «ismo» antiguo, de un «ismo» medieval o de algún «ismo» nuevo; pero si fuese otra cosa que no sea solamente “hallado en él”, seguramente no sería el cristianismo del Nuevo Testamento. Vemos, pues, la importancia, en el tiempo en que vivimos, de actuar en las conciencias de nuestros lectores. Les suplicamos que consideren bien este primer punto, como lo ha expresado un himno: «En Cristo está nuestra posición.» Él es nuestra justicia; él mismo, el Cristo crucificado, resucitado, exaltado y glorificado. Sí, él es nuestra justicia. “Ser hallado en él”, he aquí la propia posición cristiana. No es el judaísmo, el catolicismo, ni ningún otro «ismo». No es ser miembro de esta iglesia o de tal otra, sino que es estar en Cristo. Éste es el gran fundamento del verdadero cristianismo práctico. Ésta es, en una palabra, la posición del cristiano.

2. El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos. Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Pero —dirá alguno— ¿dónde se halla esto? En efecto, si lo buscamos en las filas de los cristianos de nuestros días, ello será ciertamente difícil. Pero es lo que nos dice el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses, y esto ha de bastarnos. Hallamos allí un modelo del verdadero cristianismo, que debemos tener única y continuamente ante los ojos. Si nuestros corazones quisieran ir en pos de otras cosas, entonces juzguémoslos. Comparemos las líneas que trazamos con la línea modelo, y busquemos seriamente reproducir una copia fiel a partir de ella. Sin duda habremos de llorar por nuestras frecuentes caídas, pero estaremos ocupados con nuestro verdadero objeto, y tendremos así formado nuestro carácter cristiano; porque, no lo olvidemos, éste es el móvil que nos hace actuar, que forma nuestro carácter; cada objeto anhelado, forma nuestro carácter. Si mi meta es el dinero, seré avaro; si busco el poder, seré ambicioso; si amo las letras, seré un literato; si mi objeto es Cristo, seré cristiano. No se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino de cristianismo práctico. Si alguien nos pidiera que definamos en pocas palabras qué es un cristiano, en seguida responderíamos que es un hombre cuyo objeto es Cristo. Esto es muy simple. ¡Ojalá que podamos experimentar el poder de esta verdad, de manera de manifestar un carácter de discípulos más sano y vigoroso, en estos días en que tantos cristianos, lamentablemente, tienen sus pensamientos en las cosas terrenales!

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

3. La esperanza del cristiano

Este tercer y último punto se presenta en nuestro capítulo de una manera tan característica como los otros dos. La posición del cristiano es ser hallado en Cristo; el objeto del cristiano es conocer a Cristo, y su esperanza es ser semejante a Cristo. ¡Cuán admirablemente perfecto es el lazo que existe entre estas tres cosas! Desde el momento que me hallo en Cristo como mi justicia, anhelo conocerle como mi objeto, y cuanto más le conozco, tanto más ardientemente deseo ser semejante a él, esperanza que sólo puede concretarse cuando le vea tal como él es. Al poseer una justicia perfecta y un objeto perfecto, sólo anhelo una cosa más, a saber: acabar con todo lo que me impida gozar plenamente de este objeto. “Mas nuestra ciudadanía[1] está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).

Y ahora, al reunir estos pensamientos, tenemos un cuadro completo del cristianismo. No hemos procurado desarrollar aquí ninguno de estos tres puntos mencionados; porque, bien podemos decir, cada uno de ellos requeriría un volumen. El lector haría bien en continuar por sí solo con este admirable estudio. Que para ello se eleve por encima de las imperfecciones y de las inconsecuencias de los cristianos, para contemplar la grandeza moral del cristianismo, tal como este capítulo nos lo muestra en la vida y el carácter de Pablo; y que el lenguaje de su corazón sea: «Que otros hagan como quieran; en cuanto a mí, nada menos que este precioso modelo podrá satisfacer mi corazón; además, quiero quitar mi mirada de los hombres, para fijarla solamente en Cristo, y hallar todo mi gozo en él como mi justicia, mi objeto y mi esperanza.» ¡Que así sea para el escritor y para el lector, por amor a Jesús!

terça-feira, 3 de junho de 2008

DANIEL E SEU TEMPO- Sir Robert Anderson

O Príncipe Que Há de Vir
(The Coming Prince)
Sir Robert Anderson
(1841-1918)

DANIEL E SEU TEMPO
Extraído do livro " O Príncipe que há de vir" você pode fazer o download de todo o livro clicando no link da barra lateral do Filho Varão

"O profeta Daniel". Ninguém pode ter um título maior junto ao seu nome, pois foi assim que o Messias se referiu a ele. Todavia, o grande Príncipe do Cativeiro certamente não o teria usado. Isaías, Jeremias, Ezequiel e os demais, "falaram inspirados pelo Espírito Santo" [2 Pedro 1:21] mas Daniel não proferiu essas palavras "que saíram da boca de Deus". [1] Como o "discípulo amado" nos tempos messiânicos, ele teve visões e registrou o que viu. A grande predição das setenta semanas foi uma mensagem entregue a ele por um anjo, que falou com ele como um homem fala com outro homem. Um estranho à dieta de um profeta [2] e às vestimentas de um profeta, ele viveu no meio de todo o luxo e pompa de um palácio oriental. Próximo ao rei, ele era o homem mais importante no maior império da antigüidade; e não foi até o fim de uma longa vida como estadista que ele recebeu as visões registradas nos capítulos finais de seu livro.
Para compreender essas profecias corretamente, é essencial que os principais eventos da história política dos tempos sejam mantidos à vista.
O verão da glória nacional de Israel foi tão curto quanto brilhante. O povo nunca aquiesceu no coração com o decreto divino que, ao distribuir as dignidades tribais, confiou o cetro à casa de Judá, ao mesmo tempo em que determinou o direito de primogenitura para a família favorita de José; [3] e seus mútuos ciúmes e feudos, embora mantidos em xeque pela influência pessoal de Davi, e o esplendor muito maior do reinado de Salomão, produziram uma divisão nacional com a ascensão de Reoboão. Ao se revoltar contra Judá, os israelitas também apostataram de Deus e, esquecendo-se da adoração a Jeová, caíram em flagrante e aberta idolatria. Após dois séculos e meio sem uma única passagem brilhante em sua história, eles foram levados em cativeiro para a Assíria; [4] e quando Daniel nasceu, um século já tinha transcorrido desde a data de sua extinção nacional.
Judá ainda reteve uma independência nominal, embora, na verdade, a nação já tivesse caído em um estado de profunda vassalagem. A posição geográfica de seu território a marcava para esse destino. Vivendo na metade do caminho entre o Nilo e o Eufrates, a suserania na Judéia tornou-se inevitavelmente um teste pelo qual seus antigos inimigos além da fronteira do sul, e o império que o gênio de Nabopolassar estava então formando no norte, testariam as reivindicações de supremacia. O profeta nasceu exatamente no mesmo ano que é reconhecido como a época do Segundo Império Babilônio. [5] Ele ainda era um menino quando ocorreu a fracassada invasão do faraó Neco à Caldéia. Naquela luta, seus parentes e o soberano, o bom rei Josias, apoiaram a Babilônia; Josias não somente perdeu a vida, mas comprometeu ainda mais o destino de sua casa real e a liberdade de seu país. [2 Reis 23:29; 2 Crônicas 35:20]
Mal terminou a lamentação pública por Josias, quando o faraó, em sua marcha de volta ao Egito, apareceu diante de Jerusalém para confirmar a suserania, impor uma pesada tributação sobre a terra e definir a sucessão do trono. Jeoacaz, um jovem filho de Josias, tinha sido coroado após a morte de seu pai, mas foi deposto pelo faraó em favor de Eliaquim, que sem dúvida alguma se recomendou ao soberano do Egito pelas mesmas qualidades que talvez tinham induzido seu pai a preteri-lo. Faraó alterou o nome dele para Jeoiaquim e o estabeleceu no reino como um vassalo do Egito. [2 Reis 23:33-35; 2 Crônicas 36:3,4]
No terceiro ano após esses eventos, Nabucodonosor, príncipe real de Babilônia, [6] partiu em uma expedição de conquista, chefiando os exércitos de seu pai e, ao entrar na Judéia, exigiu a submissão do rei de Judá. Após um cerco sobre o qual a história não dá muitos detalhes, ele capturou a cidade e tomou o rei como prisioneiro de guerra. Entretanto, Jeoiaquim reconquistou sua liberdade e seu trono prometendo aliança a Babilônia; de modo que Nabucodonosor se retirou sem tomar despojos, exceto uma parte dos vasos sagrados do templo, que transportou para a casa de seu deus, e sem cativos, exceto alguns poucos jovens da semente real de Judá, Daniel entre eles, a quem Nabucodonosor selecionou para adornar sua corte como príncipes vassalos. [2 Reis 24:1; 2 Crônicas 36:6,7; Daniel 1:1-2] Três anos mais tarde, Jeoiaquim se rebelou; mas, embora durante o restante de seu reinado seu território tenha sido freqüentemente invadido por tropas de caldeus, cinco anos se passaram antes que os exércitos de Babilônia retornassem para impor a conquista da Judéia. [7]
Joaquim, um jovem de dezoito anos, que tinha acabado de suceder ao trono, rendeu-se imediatamente com sua família, criados e oficiais [2 Reis 24:12] e uma vez mais Jerusalém ficou à mercê de Nabucodonosor. Em sua primeira invasão ele tinha se mostrado magnânimo e leniente, mas agora tinha de não apenas afirmar a supremacia, mas punir a rebelião. Destarte, ele saqueou a cidade de tudo o que tinha valor e transportou os tesouros para Babilônia, não deixando nada para trás, "senão o povo pobre da terra." [2 Reis 24:14]
O tio de Joaquim, Zedequias, foi deixado como rei ou governador da cidade despojada e despovoada, tendo jurado por Jeová aliança ao suserano. Esse foi o "cativeiro do rei Jeoiaquim", de acordo com a era do profeta Ezequiel, que estava ele mesmo entre os cativos [Ezequiel 1:2]
A servidão a Babilônia tinha sido predita já nos dias de Ezequias [2 Reis 20:17] e após o cumprimento da profecia de Isaías a seu respeito, Jeremias foi encarregado com uma mensagem divina de esperança aos cativos, que após setenta anos serem cumpridos, eles seriam restaurados à sua terra. [Jeremias 29:10] Mas enquanto o exilados estavam assim confortados com as promessas de bem, o rei Zedequias e o "restante de Jerusalém que ficou na terra" foram advertidos que a resistência ao decreto divino que os sujeitava ao jugo de Babilônia traria sobre eles julgamentos muito mais terríveis que qualquer um deles tinha conhecido. Nabucodonosor retornaria para destrui-los totalmente e fazer de toda a terra "um deserto e um espanto" [Jeremias 24:8-10; 25:9; 27:3-8] No entanto, falsos profetas se levantaram para alimentar a vaidade nacional predizendo a rápida restauração da sua independência [Jeremias 28:1-4] e, a despeito das solenes e repetidas advertências de Jeremias, o fraco e ímpio rei foi enganado pelo testemunho desses falsos profetas e, tendo obtido a promessa de apoio militar do Egito, [Ezequiel 17:15], ele abertamente se rebelou.
Conseqüentemente, os exércitos dos caldeus mais uma vez cercaram Jerusalém. Os eventos parecem a princípio justificar a conduta de Zedequias, pois as forças egípcias vieram apressadamente em seu auxílio, de modo que os babilônios foram compelidos a levantar o cerco e se retirar da Judéia. [Jeremias 37:1,5,11] Entretanto, esse sucesso temporário dos judeus serviu apenas para exasperar o rei de Babilônia e para tornar o destino deles mais terrível do que a última vez que ele tinha tomado a cidade. Nabucodonosor determinou infligir um castigo exemplar à cidade rebelde e a seus habitantes e, colocando-se como chefe de todas as forças de seu império, [2 Reis 25:1; Jeremias 34:1] ele mais uma vez invadiu a Judéia e cercou a cidade santa.
Os judeus resistiram com o fanatismo cego que a falsa esperança inspira; este é um sinal de prova da força natural da antiga Jerusalém, que por dezoito meses [2 Reis 25:1-3] manteve os inimigos à distância, e cedeu no fim à fome e não à força. O local foi então entregue ao fogo e à espada. Nabucodonosor "matou os seus jovens à espada, na casa do seu santuário, e não teve piedade nem dos jovens, nem das donzelas, nem dos velhos, nem dos decrépitos; a todos entregou na sua mão. E todos os vasos da casa de Deus, grandes e pequenos, os tesouros da casa do SENHOR, e os tesouros do rei e dos seus príncipes, tudo levou para Babilônia. E queimaram a casa de Deus, e derrubaram os muros de Jerusalém, e todos os seus palácios queimaram a fogo, destruindo também todos os seus preciosos vasos. E os que escaparam da espada levou para Babilônia; e fizeram-se servos dele e de seus filhos, até ao tempo do reino da Pérsia. Para que se cumprisse a palavra do SENHOR, pela boca de Jeremias, até que a terra se agradasse dos seus sábados; todos os dias da assolação repousou, até que os setenta anos se cumpriram." [2 Crônicas 36:17-21]
Como Deus tinha tratado com os pais deles por quarenta anos no deserto, assim por quarenta anos este último julgamento foi retardado "porque se compadeceu do seu povo e da sua habitação." [2 Crônicas 36:15] Por quarenta anos a voz do profeta não ficou em silêncio em Jerusalém. "Eles, porém, zombaram dos mensageiros de Deus, e desprezaram as suas palavras, e mofaram dos seus profetas; até que o furor do SENHOR tanto subiu contra o seu povo, que mais nenhum remédio houve." [8]
Esta é a descrição do cronista sagrado da primeira destruição de Jerusalém, rivalizada em tempos posteriores pelos horrores do evento sob o efeito do qual ela ainda está prostrada, e destinado a ser superado em dias ainda por vir, quando as predições da suprema catástrofe de Judá serão cumpridas. [9]
Notas de Rodapé do Capítulo 2
[1] Acredito que minha crença no caráter divino do livro de Daniel parecerá bem clara nestas páginas. A distinção que desejo marcar aqui é entre profecias que os homens foram inspirados para proferir e as profecias como as de Daniel e João, que foram meramente os recipiendários da revelação. Com esses, a inspiração começou no registro que eles receberam.
[2] Citar Daniel 1:12 em oposição a isso envolve um óbvio anacronismo. A palavra "pulse", além disso, no hebraico aponta geralmente para comida vegetal, e incluiria um prato tão apetitoso quanto aquele pelo qual Esaú vendeu seu direito de primogenitura (compare Gênesis 25:34). Comer carne da mesa dos gentios teria envolvido uma violação da lei; portanto, Daniel e seus companheiros tornaram-se vegetarianos.
[3] "Porque Judá foi poderoso entre seus irmãos, e dele veio o soberano; porém a primogenitura foi de José." [1 Crônicas 5:2]
[4] A divisão do reino ocorreu em 975 AC, o cativeiro na Assíria ocorreu em 721 AC.
[5] 625 AC.
[6] Berosus assevera que essa expedição ocorreu durante a vida de Nabopolassar (Josefo, Apiom, 1. 19), e a cronologia prova isso. Veja no Apêndice 1 as datas desses eventos e a cronologia do período.
[7] 2 Reis 24:1-2. De acordo com Josefo (Ant., 10. 6 Cap. 3) Nabucodonosor na sua segunda invasão encontrou Jeoiaquim ainda no trono e foi ele quem o sentenciou à morte e fez Joaquim rei. Ele diz que o rei de Babilônia logo depois tornou-se desconfiado da fidelidade de Joaquim, e novamente retornou para destroná-lo e colocar Zedequias no trono. Essas afirmações, embora não absolutamente inconsistentes com 2 Reis 24, são tornadas improváveis por comparação. Elas são adotadas pelo cônego Rawlinson, em Five Great Monarchies (vol 3, pg 491), mas o Dr. Pusey adere à narrativa das Escrituras (Daniel, pg 403).
[8] 2 Crônicas 36:16. Sem dúvida, esse período são os quarenta anos do pecado de Judá, especificados em Ezequiel 4:6; Jeremias profetizou a partir do décimo terceiro ano de Josias (627 AC) até a queda de Jerusalém no décimo primeiro ano de Zedequias (587 AC). Veja Jeremias 1:3 e 25:3. Os 390 anos do pecado de Israel, de acordo com Ezequiel 4:5, parecem ter sido considerados a partir da data da promessa de bênçãos às dez tribos, feitas pelo profeta Aías a Jeroboão, presumivelmente no segundo ano antes da divisão, isto é, em 977 AC (1 Reis 11:29-39).
[9] Os horrores do cerco e da captura de Jerusalém por Tito superam tudo que a história registra de eventos similares. Josefo, que foi ele mesmo uma testemunha deles, narra-os em todos seus horríveis detalhes. Sua estimativa do número de judeus que pereceram em Jerusalém é de 1.100.000. "O sangue corre gelado e o coração adoece diante desses horrores sem paralelos; e tomamos refúgio em um tipo de esperança desesperada que eles têm sido exagerados pelo historiador." "Parece até que Jerusalém é um lugar sob uma maldição peculiar; ela provavelmente testemunhou uma porção muito maior de miséria humana do que qualquer outro lugar no mundo". - MILMAN, Hist. Jews.

Irmãos em Cristo Jesus.

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Mt 5:14 "Vós sois a luz do mundo"