quinta-feira, 28 de agosto de 2008

La Vida Profesional del Creyente y su Testimonio para Cristo en el Mundo-W. Kelly

Es indudable que la mayoría de los cristianos, durante el curso de su peregrinaje por este mundo, se ven en la obligación de ganar el pan diario para sí mismos y para su familia. Y eso es bueno, ya que pocos de entre nosotros seríamos capaces de sostenernos sin la necesidad de trabajar de esta manera. Pero, ¿por qué motivo este trabajo necesario me habría de impedir servir al bendito Señor con todo mi corazón? ¿Por qué me habría de impedir que rinda un testimonio auténtico, con todo mi afecto y con todas mis energías, a su Nombre, al mismo tiempo que mis manos proveen, tanto para la familia como para las necesidades individuales, lo poco que hace falta para el sustento diario? Sin embargo, para el creyente este trabajo es solamente un medio de ganarse el pan, y nada más que eso.


Tan pronto como uno busca vincular estos esfuerzos con la dignidad de una profesión, y los considera como algo de honor a los ojos de los hombres, el testimonio dado a la gloria de Cristo resulta imposible. Sin duda que la gracia de Dios puede llamar a su servicio a individuos activamente ocupados en profesiones que son de alta estima a los ojos del mundo. Sabemos, desde luego, de personas que han sido así llamadas por Dios en el momento mismo en que empezaban una de estas carreras tan altamente estimadas para el corazón natural, o que ya estaban plenamente dedicadas a ellas. Hemos visto también a otros, en circunstancias similares, demostrar una gran simplicidad de corazón. No estoy diciendo ahora que sea algo malo tener lo que los hombres llaman una profesión. Mas, a la luz de la gloria celestial de Cristo, juzgo el espíritu en el cual se halla organizado todo lo que está en el mundo; y quiero advertir a los hijos de Dios contra la vanagloria de los hombres respecto de estas cosas, contra el deseo y la ambición detrás de las distinciones terrenales, contra la desmedida estimación de las cosas que llevamos a cabo para nosotros y para nuestra familia, tanto en pensamientos como en sentimientos, conforme a la buena opinión que el mundo tiene de ellas.


Así como Cristo dijo que su hora aún no había venido (Juan 2:4), así tampoco ha llegado la nuestra. Si le pertenecemos a Él, no tenemos nada que ver, en lo más mínimo, con la gloria de este mundo. Tened por seguro que esos honores no son sino una deshonra para un hijo de Dios. Poco importa lo grande que sea el galardón que el mundo ofrece; ¿qué necesidad tenemos de él? ¿Acaso no son “nuestras todas las cosas” (1.ª Corintios 3:21-23)? ¿No habremos de “juzgar al mundo e incluso a los ángeles” (1.ª Corintios 6:2-3)? Por lo demás, sabemos que estas cosas terrenales llevan a menudo sobre sí la misma impronta de su propia futilidad e intrascendencia, a tal punto que hasta los sabios de este mundo admiten que el bien consiste más en perseguir que en alcanzar el objeto de nuestros deseos. ¿Quién no sabe que para algunos hombres, obtener la tan ansiada «cinta de condecoración» o el «diploma» es la mayor recompensa que jamás haya podido obtener por los esfuerzos de toda su vida? ¡Éstos, sin embargo, son considerados hombres sensatos! ¿Qué no harían o no padecerían los más nobles o los más ricos de los hombres para obtener y lucir la insignia de alguna de las órdenes caballerescas?


Permitidme, pues, insistir sobre la importancia para el cristiano (en cualquier actividad que emprenda, ya para él, ya para los suyos) de mantenerse constantemente en guardia en cuanto al mundo, y de fijar la mirada en Cristo en el cielo. Lejos está de mí el absurdo pensamiento de que el cristianismo impone que todos los creyentes busquen una uniformidad de ocupación. La fe no se manifiesta necesariamente por el abandono de una profesión, si uno puede permanecer con Dios en esa actividad, ni por la búsqueda de una profesión que esté enteramente fuera de nuestras aptitudes. Esto no es fe, sino insensatez. Mas dándole a todo esto la importancia que merece, permitidme insistir en el hecho de que si hemos de hacer una actividad diaria cualquiera, ya sea redactar escrituras notariales o reparar zapatos, el único móvil digno de un cristiano es hacer todo para el Señor.


Si sabemos que hacemos la voluntad de Dios, podemos hacerlo todo con buena conciencia y con un corazón alegre. La ruina para el cristiano consiste en olvidar que está en la tierra para hacer la voluntad de Dios y para ser un fiel testigo de un Cristo rechazado por el mundo, pero glorificado en el cielo.


En contraste con esto, ¿cuál es la ambición del hombre del mundo? Es hacer su propio camino, avanzar a fin de emprender algo grande; y que lo que ha podido lograr hoy, sea un escalón para obtener mañana algo más de este mundo. Todo esto constituye una absoluta negación del lugar del cristiano en el mundo, y pone de manifiesto que el deseo del corazón está puesto en la corriente de este mundo. Es natural para el hombre el deseo de tener una posición más brillante y más cómoda en la tierra; pero, amados, ¿es ello compatible con la lealtad del corazón a Cristo? ¿No es ello, después de todo, la señal de que uno prefiere al primer Adán antes que a Cristo? Toda la cuestión se resume realmente en este punto: ¿Le doy más valor al primer Adán o al Segundo? Si mi corazón pertenece al segundo Adán, ¿no debería demostrarlo en mi vida de cada día? Honrar a Cristo, ¿es algo que debo hacer únicamente el domingo? ¡Esto no sería seguramente la lealtad que le debemos a nuestro Jefe en el cielo! ¿Has sido llamado por la gracia de Dios al conocimiento del Hijo de su amor mientras ocupabas una posición considerada por el mundo como humilde y despreciable? ¡Que así sea! Si puedes permanecer con Dios conservando esta posición, ¡qué admirable oportunidad tendrás entonces para ejercer tu fe, la cual juzga las cosas en función de un Cristo en la gloria! No te pido que sigas a uno o a otro hombre, sino que escudriñes la Palabra de Dios a fin de determinar en qué medida te será posible honrar a Cristo tal como Él es, en el puesto donde te encuentras. Pues ¿acaso no debemos ser “epístolas Suyas, leídas y conocidas por todos los hombres”? (2.ª Corintios 3:2). ¿Y no es así que por su gracia, ríos de agua viva, provenientes de Él, correrán de nosotros? Creedme, no manifestamos nada de Cristo cuando nos aferramos tenazmente a nuestros propios logros, cuando hacemos valer nuestros derechos y dignidad, por más fundados que puedan ser a los ojos del mundo, o cuando resistimos con tesón toda usurpación o exceso de libertad que nos parece injusto, en un siglo que menosprecia la autoridad.


Tampoco el espíritu de Cristo es manifestado por un cristiano de esa condición que el mundo estima inferior, que busca aprovechar ansiosamente todas las oportunidades que se le presentan, para dirigir sus esfuerzos conforme a su propia estima de los valores de este mundo. Por otro lado, ya sea que nuestra condición sea elevada o modesta, como dicen los hombres, siempre tenemos la ocasión de demostrar lo que pensamos de Cristo. Cualquiera que sea la prueba, no es más que una pequeña oportunidad ofrecida para poner de manifiesto lo que Cristo es a nuestros ojos.


La Palabra de Dios constituye el único criterio para dirigirnos de una manera infalible, ya que nuestra propia sabiduría en tales cosas, sólo es vana e insensata. La voluntad del Señor lo es todo. Todo gira en torno a ella. Para la conciencia del cristiano, toda la cuestión se reduce a este solo punto: que cualquiera que sea nuestra posición en el mundo, cada uno de nosotros siempre tiene la oportunidad de hacer la voluntad de Dios, de ser Su siervo, de manifestar que lo estimamos de manera infinitamente superior al mundo. La bendición para mí consiste en estar contento con el servicio que el Señor me da para hacer, cualquiera que sea. En cuanto a las circunstancias que mejor honran Su gloria, y que convienen a Su siervo aquí abajo, Él es el único capaz de juzgar bien. Considero tales circunstancias simplemente como una oportunidad más que tengo para publicar Sus alabanzas, estimando, sobre todas las cosas, lo que el mundo aborrece. Con respecto a mi profesión, ya honrada, ya menospreciada a los ojos de los hombres, reitero que, para mí, no debe ser sino un medio de ganarme el sustento. Es indudable que el mundo no tiene este punto de vista. «¡¿Qué?! ¿Tratar una profesión honorable sólo como un medio de ganarme la vida?» Sí, así es justamente; un Salvador crucificado aquí abajo y exaltado ahora en la gloria, poco tiene que ver con el mundo y con todo lo que en él se encuentra.


Tomemos un ejemplo. Supongamos que deba trabajar como zapatero; ¿es mi meta llegar a ser el mejor zapatero del pueblo? Supongamos que sea médico. ¿Aspiro a tener el mayor número de pacientes de la ciudad? ¿Hay algo de Cristo en estos deseos? ¿Así honramos en la práctica al Jesús glorificado? ¿Acepto realmente de Su mano mi trabajo, y lo hago verdaderamente para él? Si el Señor nos dio realmente algo que hacer para él, nuestro amor se aplicaría sin duda alguna en hacerlo lo mejor posible. Lejos está de nosotros el pensamiento de considerar una virtud el hecho de que los cristianos sean descuidados y negligentes en la manera de llevar a cabo sus ocupaciones. Ciertamente no hay nada peor en un hombre —y menos para un santo―, que ser desaliñado y descuidado consigo mismo. Pero lo que es necesario para la fe, es la firme convicción de que Cristo es el objeto de nuestro trabajo, independientemente de la naturaleza de éste, ya sea importante o humilde, de que todo es hecho para Él.


Por eso manifestamos, incluso en nuestras conversaciones de la vida diaria, que no vivimos para nosotros mismos ni para el mundo, sino “para Aquel que murió y resucitó” (2.ª Corintios 5:15). Entonces tendremos ciertamente con nosotros el poder del Espíritu Santo para todo. Éste es un precioso testimonio, aunque sea dado en medio de las cosas pasajeras de este mundo, pero un testimonio que no pasará jamás. No hacemos más que atravesar un país extranjero. Nuestra patria está con Cristo y sólo estamos por pocos días allí donde el propio Señor nos ha llamado y nos ha colocado. Hemos de residir aquí abajo todo el tiempo que el Señor nos mande trabajar para Él. “Al mandato de Jehová acampamos, y al mandato de Jehová partimos” (Números 9:18). Y porque le pertenecemos, Él dispone enteramente de nosotros. Estamos en el desierto, pero, mientras aguardamos, en vez de solamente beber agua que fluye de una peña, tenemos dentro de nosotros una fuente de donde corren ríos de agua viva (Juan 4:14). No es otra cosa que el gozo de Jesús que se reproduce aquí abajo, el poder del Espíritu Santo que permite al corazón regocijarse hoy mismo en Aquel que está allá arriba. Hay una profunda conciencia de que pertenecemos a Aquel que está allí en lo alto ahora, y por eso toda la gloria de este mundo es juzgada como la peor basura, es decir, tan sólo como el ilusorio incentivo del que se sirve Satanás para seducir a un mundo perdido y condenado.


Que Cristo permanezca como el objeto de nuestros corazones


Amados, quisiera preguntaros, ¿en qué medida nuestras almas tienen este objeto, y este objeto solamente, delante de sí? Y yo también me hago la misma pregunta respecto de mí mismo. Ruego a Dios que nos de gracia para que ninguna de las verdades que Él tuvo a bien revelarnos degenere en un conocimiento estéril. Y quiero decir que particularmente nosotros tenemos que estar alerta contra esta trampa, más que ningún otro cristiano. Dios en su gracia ha estado despertando a sus hijos, los ha llamado o, mejor dicho, les ha hecho recordar esta verdad, y más aún, ha estado reavivando “la fe que ha sido una vez dada a los santos" (Judas 3). Ello, sin duda, es un gran privilegio, pero acarrea una seria responsabilidad y graves peligros. ¿Quiénes son los más expuestos a perder de vista esta verdad y a convertirse quizá en sus adversarios declarados?: Los mismos que, habiendo conocido estas verdades, dejaron de vivir en ellas y, por ende, de amarlas. ¿Y cómo es posible vivir en estas verdades, a menos que Cristo, y no el yo, sea nuestro primer y principal objeto? Sustituid en vuestros corazones al Señor por cualquier preocupación personal en relación con nuestro renombre o nuestro bienestar, e inmediatamente todo se corrompe, todo se contamina hasta las mismas fuentes. Sólo Dios sabe dónde se podrá detener esta locura e inconstancia, a menos que Su gracia intervenga, la cual, después de habernos atraído cuando no había en nuestros corazones la menor chispa de amor hacia Él, nos guardó a pesar de toda nuestra miseria, y de esa misma manera puede aún impedir las desastrosas consecuencias de nuestra infidelidad e ingratitud.


Dios, que tiene siempre a Cristo ante sí, y que quiere que ahora Él sea glorificado en nosotros, nos deja bastante libertad de acción y de responsabilidad moral para mostrar hasta dónde la incredulidad es capaz de actuar aun en un santo. Pero Dios puede restaurar un alma, y de hecho lo hace. ¡Ojalá que siempre contemos con esta gracia para guardarnos, así como para restaurarnos! ¡Que nos enseñe a discernir la manera en que Él juzga las cosas y a las personas, y a tratar con severidad todo aquello que menosprecie Su Palabra, o que abuse de la gracia para disminuir la gloria del Señor Jesucristo!


¡Quiera el Señor volvernos humildes y mantenernos en la humildad! ¡Que nos conceda el privilegio de contemplarlo continuamente en la gloria, de modo que todo lo que pertenezca a este mundo pueda ser siempre juzgado como si sólo estuviésemos aguardando la hora de la cosecha y la de la vendimia, que aún no han llegado! Pero al esperar, nuestro gozo es cumplido en la glorificación de Cristo y en el Espíritu Santo que nos fue dado antes de esa hora. Conocemos a Jesús en la gloria celestial y sabemos que ya ha enviado al Espíritu Santo para hacernos participar desde ahora de las riquezas y del poder de esta gloria. ¡Ojalá que podamos ser vasos fieles de Su testimonio! ¡Vasos que necesitan seguramente ser quebrantados a fin de que los ríos de agua puedan correr tanto más libremente, y que podamos ser también canales a través de los cuales fluyen esos ríos de agua viva, para alabanza de la gracia y de la gloria de Dios!

Cristãos renascidos precisam obedecer à Lei de Moisés ou estão dispensados de cumpri-la?- Samuel Rindlisbacher

Há algum tempo fomos questionados por que escrevemos tão pouco sobre o cumprimento dos Dez Mandamentos, que seria muito importante para receber a bênção de Deus. Perguntas assim confirmam a insegurança que existe entre os crentes em relação à observância da Lei de Moisés.
Na Igreja de Jesus surgem perguntas como: “Ainda devo guardar a Lei?” “Os Dez Mandamentos são obrigatórios?” “Devo guardar o domingo?”, etc. Existem muitas dúvidas em relação à Lei e nossa posição diante de suas exigências.
C.H. Mackintosh diz acertadamente em seu livro “ Estudos sobre o Livro de Êxodo” (da Série de Notas sobre o Pentateuco):

A Lei e a Graça

É da maior importância compreender o verdadeiro caráter e o objeto da lei moral, como nos é apresentada neste capítulo [Êx 20]. Existe uma tendência do homem para confundir os princípios da lei com graça, de sorte que nem a lei nem a graça podem ser perfeitamente compreendidas. A lei é despojada da sua austera e inflexível majestade, e a graça é privada de todos os seus atrativos divinos. As santas exigências de Deus ficam sem resposta, e as profundas e múltiplas necessidades do pecador permanecem insolúveis pelo sistema anômalo criado por aqueles que tentam confundir a lei com a graça. Com efeito, nunca podem confundir-se, visto que são tão distintas quanto o podem ser duas coisas. A lei mostra-nos o que o homem deveria ser; enquanto que a graça demonstra o que Deus é. Como poderão, pois, ser unidas num mesmo sistema? Como poderia o pecador ser salvo por meio de um sistema formado em parte pela lei e em parte pela graça? Impossível: ele tem de ser salvo por uma ou por outra. (página 203)

Em que consiste a Lei de Moisés?

Quando se faz referência à Lei de Moisés nas igrejas, geralmente está se falando dos Dez Mandamentos. Mas esse é um engano, pois cumprir a Lei Mosaica é muito mais: ela é composta de todo o código de leis formado por 613 disposições, ordens e proibições. Em hebraico a Lei é chamada de Torá, que pode significar lei como também instrução ou doutrina. O conteúdo da Torá são os cinco livros de Moisés, mas o termo Torá é aplicado igualmente ao Antigo Testamento como um todo.

Neste artigo usaremos o termo Torá para designar os cinco livros de Moisés, especialmente a compilação das leis mosaicas, as 613 disposições, ordens e proibições que mencionamos.

• A Lei pode ser dividida em Dez Mandamentos , que no hebraico são chamadas simplesmente de As Dez Palavras. Eles regulamentam a relação do ser humano com Deus e com seu próximo.

• No código mosaico encontramos também o Livro da Aliança das Ordenanças Civis e Religiosas, que explica e expõe detalhadamente o significado dos Dez Mandamentos para Israel.

• O código mosaico ainda contém as leis cerimoniais, que regulavam o ministério no santuário do Tabernáculo e, posteriormente, no Templo. Elas tratavam também da vida e do serviço dos sacerdotes.

Em conjunto, todas essas disposições, ordens e proibições formam a Lei Mosaica. No judaísmo ortodoxo, além dessas 613 ordenanças, há ainda as leis do Talmude, a transmissão oral dos preceitos religiosos e jurídicos compilados por escrito entre os séculos III-VI d.C. A Torá e o Talmude são o centro da devoção judaica

Jesus Cristo e a Lei de Moisés

É interessante observar que Jesus posicionou-se claramente a favor do código legal mosaico, pois disse: “Não penseis que vim revogar a Lei ou os profetas; não vim para revogar, vim para cumprir” (Mt 5.17). Entretanto, Ele rejeitou com veemência as ordenanças humanas e as obrigações impostas apenas pela tradição judaica (compiladas, posteriormente, no Talmude), afirmando: “Negligenciando o mandamento de Deus, guardais a tradição dos homens. E disse-lhes ainda: Jeitosamente rejeitais o preceito de Deus para guardardes a vossa própria tradição. Pois Moisés disse: Honra a teu pai e a tua mãe; e: Quem maldisser a seu pai ou a sua mãe seja punido de morte. Vós, porém, dizeis: Se um homem disser a seu pai ou a sua mãe: Aquilo que podereis aproveitar de mim é Corbã, isto é, oferta para o Senhor, então, o dispensais de fazer qualquer coisa em favor de seu pai ou de sua mãe, invalidando a palavra de Deus pela vossa própria tradição, que vós mesmos transmitistes; e fazeis muitas outras coisas semelhantes” (Mc 7.8-13).
Jesus defendeu firmemente a Palavra de Deus. Ele considerava o Pentateuco como realmente escrito por Moisés, inspirado por Deus e normativo para Sua própria vida e Seu ministério, pois afirmou: “Porque em verdade vos digo: até que o céu e a terra passem, nem um i ou um til jamais passará da Lei, até que tudo se cumpra. Aquele, pois, que violar um destes mandamentos, posto que dos menores, e assim ensinar aos homens, será considerado mínimo no reino dos céus; aquele, porém, que os observar e ensinar, esse será considerado grande no reino dos céus” (Mt 5.18-19).

A quem foi dada a Lei de Moisés?

As passagens bíblicas seguintes documentam que a Lei de Moisés foi dada ao povo judeu, ou seja, a Israel:
– “E que grande nação há que tenha estatutos e juízos tão justos como toda esta lei que hoje vos proponho?” (Dt 4.8).
– “Mostra a sua palavra a Jacó, as suas leis e os seus preceitos, a Israel. Não fez assim a nenhuma outra nação; todas ignoram os seus preceitos. Aleluia!” (Sl 147.19-20).
– “São estes os estatutos, juízos e leis que deu o Senhor entre si e os filhos de Israel, no monte Sinai, pela mão de Moisés” (Lv 26.46).
– “São israelitas. Pertence-lhes a adoção e também a glória, as alianças, a legislação, o culto e as promessas” (Rm 9.4).

A Lei de Moisés foi entregue a Israel

A Lei fez de Israel algo especial, transformando-o em parâmetro para todos os outros povos. A Bíblia exprime essa verdade da seguinte maneira: “Porque tu és povo santo ao Senhor, teu Deus; o Senhor, teu Deus, te escolheu, para que lhe fosses o seu povo próprio, de todos os povos que há sobre a terra” (Dt 7.6). Por conseqüência, o Israel do Antigo Testamento era a única nação cuja legislação, jurisdição e jurisprudência tinham sua origem na pessoa do Deus vivo.
Hoje não é essa a situação de Israel, pois o povo continua incrédulo e não está sob o governo do Messias. No futuro, quando Israel tiver se convertido a Jesus, a Lei divina será seguida por todo o povo judeu. O próprio Deus estabelecerá a teocracia como forma de governo, definirá a legislação e executará justiça em Israel. Sobre a situação vigente quando o Messias estiver reinando, a Bíblia diz: “Deleitar-se-á no temor do Senhor; não julgará segundo a vista dos seus olhos, nem repreenderá segundo o ouvir dos seus ouvidos; mas julgará com justiça os pobres e decidirá com eqüidade a favor dos mansos da terra; ferirá a terra com a vara de sua boca e com o sopro dos seus lábios matará o perverso” (Is 11.3-4).
A situação futura das nações será como descreve Isaías 2.3: “Irão muitas nações e dirão: Vinde, e subamos ao monte do Senhor e à casa do Deus de Jacó, para que nos ensine os seus caminhos, e andemos pelas suas veredas; porque de Sião sairá a lei, e a palavra do Senhor, de Jerusalém”. Deus está preparando o cumprimento dessa profecia. Por isso, não devemos nos admirar quando todo o poder das trevas se levanta para atrapalhar, pois o que está em jogo é o domínio divino sobre o mundo, domínio que virá acompanhado de todas as suas abençoadas conseqüências! Quando o Senhor reinar, pecado será pecado, injustiça e mentira serão chamadas pelos seus nomes e acontecerá o que está escrito em Jeremias 25.30-31: “O Senhor lá do alto rugirá e da sua santa morada fará ouvir a sua voz; rugirá fortemente contra a sua malhada, com brados contra todos os moradores da terra, como o eia! dos que pisam as uvas. Chegará o estrondo até à extremidade da terra, porque o Senhor tem contenda com as nações, entrará em juízo contra toda a carne; os perversos entregará à espada, diz o Senhor”. A oração de Jesus também se cumprirá: “Pai nosso que estás nos céus, santificado seja o teu nome; venha o teu reino; faça-se a tua vontade, assim na terra como no céu” (Mt 6.9-10).
Até que ponto as nações têm o dever de seguir a Lei Mosaica?
Provérbios 29.18 diz a respeito: “Não havendo profecia, o povo se corrompe; mas o que guarda a lei, esse é feliz”. Toda nação que seguir esse conselho se dará bem!
A Lei de Moisés foi entregue ao povo de Israel com a seguinte finalidade: “Porque o mandamento é lâmpada, e a instrução, luz; e as repreensões da disciplina são o caminho da vida” (Pv 6.23). Deus queria que Israel fosse uma clara luz no meio da escuridão espiritual em que viviam os povos e um contraponto às trevas do pecado. Por essa razão Balaão, o profeta gentio, foi compelido a proclamar: “...eis que é povo que habita só e não será reputado entre as nações. Que boas são as tuas tendas, ó Jacó! Que boas são as tuas moradas, ó Israel!” (Nm 23.9; 24.5). Balaão reconheceu que Deus era com Israel, que Ele velava sobre esse povo, morava no meio dos israelitas e lhes dava segurança e estabelecia a ordem através da Lei.
Mesmo a meretriz Raabe, que vivia na cidade ímpia de Jericó, sentiu-se obrigada a declarar aos dois espias judeus: “Bem sei que o Senhor vos deu esta terra, e que o pavor que infundis caiu sobre nós, e que todos os moradores da terra estão desmaiados. Porque temos ouvido que o Senhor secou as águas do mar Vermelho diante de vós, quando saíeis do Egito; e também o que fizestes aos dois reis dos amorreus, Seom e Ogue, que estavam além do Jordão, os quais destruístes” (Js 2.9-11).
Quando a rainha de Sabá (atual Iêmen) visitou o rei Salomão, exclamou admirada: “Foi verdade a palavra que a teu respeito ouvi na minha terra e a respeito da tua sabedoria. Eu, contudo, não cria no que se falava, até que vim e vi com meus próprios olhos. Eis que não me contaram a metade da tua sabedoria; sobrepujas a fama que ouvi. Felizes os teus homens, felizes estes teus servos que estão sempre diante de ti e ouvem a tua sabedoria! Bendito seja o Senhor, teu Deus, que se agradou de ti para te colocar no seu trono como rei para o Senhor, teu Deus; porque o teu Deus ama a Israel para o estabelecer para sempre; por isso, te constituiu rei sobre ele, para executares juízo e justiça” (2 Cr 9.5-8).
O nome de Deus era conhecido muito além das fronteiras de Israel. As nações reconheciam que Israel era singular, admiravam seu maravilhoso Templo e vinham para louvar seu Deus. Assim era respondida a oração que Salomão fizera por ocasião da inauguração do Templo: “Também ao estrangeiro, que não for do teu povo de Israel, porém vier de terras remotas, por amor do teu nome (porque ouvirão do teu grande nome, e da tua mão poderosa, e do teu braço estendido), e orar, voltado para esta casa, ouve tu nos céus, e faze tudo o que o estrangeiro te pedir, a fim de que todos os povos da terra conheçam o teu nome, para te temerem como o teu povo de Israel e para saberem que esta casa, que eu edifiquei, é chamada pelo teu nome” (1 Rs 8.41-43).
Até que ponto, então, as nações do mundo têm o compromisso de obedecer à Lei de Moisés? Bem, na verdade ninguém tem a obrigação de cumprir lei alguma. Nenhuma nação é obrigada a se orientar pelo código de leis divinas. Mas quando, de livre e espontânea vontade, ela se sujeita às ordens de Deus, essa é a melhor escolha, com os melhores resultados práticos. Cada povo que segue as orientações do Senhor experimenta o que diz o Salmo 19.8-11: “Os preceitos do Senhor são retos e alegram o coração; o mandamento do Senhor é puro e ilumina os olhos. O temor do Senhor é límpido e permanece para sempre; os juízos do Senhor são verdadeiros e todos igualmente, justos. São mais desejáveis que o ouro, mais do que muito ouro depurado; e são mais doces do que o mel e o destilar dos favos. Além disso, por eles se admoesta o teu servo; em os guardar, há grande recompensa”.

A História nos ensina que os povos que desprezaram as leis divinas de maneira consciente, que as pisotearam, cedo ou tarde desapareceram de cena. Basta pensar na ex-República Democrática Alemã ou na União Soviética, que não existem mais. Mas os povos que estabelecem sua legislação e fundamentam sua constituição sobre as leis divinas, mesmo que seja de maneira imperfeita, são povos abençoados. A Bíblia diz: “Bem-aventurado o povo a quem assim sucede! Sim, bem-aventurado é o povo cujo Deus é o Senhor!” (Sl 144.15).
Será que hoje vivemos estressados, emocionalmente doentes e desorientados porque deixamos de obedecer à Palavra de Deus? Será que os líderes da economia mundial e os políticos tomam tantas decisões equivocadas por negligenciarem a Palavra do Senhor? Será que hoje as pessoas andam insatisfeitas e infelizes porque desprezam as ordens divinas? Com toda a certeza, pois o desprezo pelos decretos divinos sempre acaba conduzindo à ruína – espiritual, emocional e financeira

A Igreja de Jesus deve cumprir a Lei?

O Senhor Jesus, cabeça da Igreja (Ef 5.23), validou toda a Lei Mosaica, inclusive as 613 disposições, ordens e proibições, ao afirmar: “É mais fácil passar o céu e a terra do que cair um til sequer da Lei” (Lc 16.17). Ele avançou mais um passo, dizendo: “Não penseis que vim revogar a Lei ou os Profetas; não vim para revogar, vim para cumprir” (Mt 5.17). Jesus, ao nascer, também foi colocado sob a Lei: “vindo, porém, a plenitude do tempo, Deus enviou seu Filho, nascido de mulher, nascido sob a lei” (Gl 4.4). Ele foi criado e educado segundo os preceitos da Lei, pois cumpria suas exigências.
O Senhor Jesus, porém, não apenas se ateve pessoalmente a toda a Lei de Moisés. Foi essa mesma Lei que O condenou à morte. Quando tomou sobre Si todos os nossos pecados, teve de morrer por eles, pois a Lei assim o exige. Vemos que a Lei foi cumprida e vivida por Jesus, e através dEle ela alcançou seu objetivo. Por isso está escrito que “...o fim da Lei é Cristo” (Rm 10.4).

Quando sou confrontado com a Lei Mosaica, ela me apresenta uma exigência que devo cumprir. Deus diz em Sua Lei : “...eu sou santo...” e exige de nós: “...vós sereis santos...” (Lv 11.44-45). Assim, a Lei me coloca diante do problema do pecado, que não posso resolver sozinho. O apóstolo Paulo escreve: “...eu, todavia, sou carnal, vendido à escravidão do pecado” (Rm 7.14).

A lei expõe e revela nossa incapacidade de atender às exigências divinas, pois ela nos confronta com o padrão de Deus. Ela nos mostra a verdadeira maneira de adorá-lO, estabelece as diretrizes segundo as quais devemos viver e regulamenta nossas relações com nosso próximo. Além disso, a Lei é o fundamento que um dia norteará a sentença que receberemos quando nossa vida for julgada por Deus. Pela Lei, reconhecemos quem é Deus e como nós devemos ser e nos portar. Mas existe uma coisa que a Lei não pode: ela não consegue nos salvar. Ela nos expõe diante de Deus e mostra que somos pecadores culpados. Essa é sua função.

Lembremos que Jesus disse: “Não penseis que vim revogar a Lei ou os profetas; não vim para revogar, vim para cumprir” (Mt 5.17). O Filho de Deus está afirmando que veio a este mundo para cumprir a Lei com todas as suas 613 disposições, ordenanças e proibições. Ele realmente cumpriu todas elas, pelo que está escrito: “...o fim da lei é Cristo” (Rm 10.4). Ele conduziu a Lei ao seu final; ela está cumprida. Por que Ele o fez? Encontramos a resposta quando lemos o versículo inteiro: “Porque o fim da lei é Cristo, para justiça de todo aquele que crê” (Rm 10.4). Jesus cumpriu a Lei para todos, mas Sua obra é eficaz apenas para todo aquele que crê. Segundo a Bíblia, que tipo de fé é essa? É a fé que sabe...
...que pessoa alguma é capaz de cumprir a Lei e que ninguém consegue satisfazer as exigências divinas.
... que para isso o Filho de Deus, Jesus Cristo, veio ao mundo, cumprindo as exigências da Lei até nos mínimos detalhes.

...que Jesus Cristo tomou sobre Si, em meu lugar, o castigo da Lei, que é a morte.
Agora, talvez, muitos perguntem: Não estamos removendo a base que sustenta uma ética comprometida ao dizermos que a Lei não vale mais para os cristãos renascidos? Será que saberemos como nos comportar e o que é certo ou errado se dissermos que não é preciso cumprir a Lei de Moisés?

Jesus estabeleceu uma ética muito superior...

...à ética da Lei de Moisés. Ela exige: “Não adulterarás” (Êx 20.14). Mas Jesus disse: “qualquer que olhar para uma mulher com intenção impura, no coração, já adulterou com ela” (Mt 5.28). A lei de Moisés impõe: “Não matarás” (Êx 20.13). Mas Jesus ensina: “Eu, porém, vos digo: amai os vossos inimigos e orai pelos que vos perseguem” (Mt 5.44).

A ética estabelecida por Jesus Cristo supera tudo que já houve em matéria de lei moral e toda e qualquer possibilidade dentro da ética humana.

Jesus exige que cumpramos normas diametralmente opostas ao nosso comportamento natural. Essa ética estabelecida por Jesus só pode ser seguida por pessoas que nasceram de novo, que entregaram todo o seu ser ao Senhor: “Porei no seu coração as minhas leis e sobre a sua mente as inscreverei” (Hb 10.16).

A Bíblia diz, ainda, acerca dos renascidos: Deus “...nos habilitou para sermos ministros de uma nova aliança, não da letra, mas do espírito; porque a letra mata, mas o espírito vivifica” (2 Co 3.6).

Curiosamente, Paulo escreveu essas palavras justamente à igreja que tinha mais problemas com ira, ciúme, imoralidade, libertinagem e impureza espiritual entre seus membros. Mas, ao admoestá-los, ele estava dizendo aos crentes de Corinto – e, por extensão, a todos nós – que é possível ter uma ética superior e viver segundo os elevados preceitos de Jesus quando nascemos de novo. Com isso os cristãos não estão rejeitando a ética da Lei de Moisés mas estabelecem uma ética muito superior, a ética do Espírito Santo, do qual a Bíblia diz: “Mas o fruto do Espírito é: amor, alegria, paz, longanimidade, benignidade, bondade, fidelidade, mansidão, domínio próprio. Contra estas coisas não há lei” (Gl 5.22-23).

Como, porém, colocamos isso em prática?

Simplesmente vivendo um relacionamento íntimo e autêntico com Jesus Cristo. O que pensamos, o que falamos, o que fazemos ou deixamos de fazer deve ser determinado somente por Jesus: “E tudo o que fizerdes, seja em palavra, seja em ação, fazei-o em nome do Senhor Jesus, dando por ele graças a Deus” (Cl 3.17). Na prática, devemos nos comportar como se tudo o que fizermos levasse a assinatura de Jesus. Somente quando nos entregarmos completamente ao Senhor Jesus poderemos produzir fruto espiritual. Quando submetermos nosso ser ao Senhor, o fruto do Espírito poderá crescer em nós em todos os seus nove aspectos. Talvez nós mesmos nem o percebamos, mas certamente as pessoas que nos cercam perceberão que o Espírito está frutificando em nós. Que seja assim na vida de todos nós!

Irmãos em Cristo Jesus.

Irmãos em Cristo Jesus.
Mt 5:14 "Vós sois a luz do mundo"