Mateo 7
Bajo toda circunstancia, esta gran verdad es obligatoria para la conciencia: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7:1). Pero, por otro lado, puede cometerse fácilmente abuso de este principio a causa del egoísmo del hombre. Si alguien persiste en una mala acción y se vale de este pasaje para negar el derecho de los hermanos para juzgar su conducta, es claro que tal persona pone en evidencia una falta de conciencia y de discernimiento espiritual. Sus ojos están cegados por el yo, y él simplemente convierte las palabras del Señor en una excusa para pecar.
El Señor de ninguna manera quiso debilitar la fuerza del santo juicio que hay que ejercer respecto del mal. Al contrario, Él, a su debido tiempo, demandará solemnemente de los suyos lo siguiente: “¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?” (1 Corintios 5:12). La falta de los corintios consistía en el hecho de que no juzgaban a aquellos que estaban en su medio. Es claro, pues, que existe un sentido en el cual tengo el deber de juzgar, y otro sentido en el cual no lo tengo. Hay casos en que, si no juzgara, menospreciaría la santidad del Señor, y hay otros casos en que el Señor nos prohíbe emitir juicios, y nos advierte que si lo hacemos, traemos juicio sobre nosotros mismos. Ésta es una cuestión muy práctica para el cristiano: cuándo se debe juzgar y cuándo no nos corresponde hacerlo. Todo lo que se manifiesta de forma clara, es decir, todo lo que Dios presenta ante los ojos de los suyos, de modo que se trata de algo consabido o respecto de lo cual hay un testimonio que no puede ponerse en tela de juicio, los creyentes tienen ciertamente la obligación de juzgar. En una palabra, nosotros somos siempre responsables de aborrecer todo aquello que ofende a Dios, ya sea que se lo conozca directa o indirectamente; porque “Dios no puede ser burlado” (Gálatas 6:7), y los hijos de Dios no debieran ser gobernados por meros detalles insignificantes, de los cuales las maquinaciones del enemigo pueden fácilmente sacar ventaja.
Ahora bien, ¿qué quiso decir el Señor con estas palabras: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”? Él no se refiere a aquello que es claro, sino a lo que permanece oculto; a aquello que, en caso de existir, Dios aún no ha puesto en evidencia ante los ojos de los suyos. No somos responsables de juzgar lo que no conocemos, sino que, por el contrario, tenemos el deber de velar contra el espíritu de presumir el mal o de imputar motivos sin plena certeza.
Puede ser que haya un mal, y del más grave carácter, como en el caso de Judas. El Señor dijo de él: “Uno de vosotros es diablo” (Juan 6:70), y dejó expresamente en el secreto a los discípulos en cuanto a los detalles. Y notemos de paso que sólo el evangelio de Juan nos muestra que el conocimiento que tenía el Señor de Judas Iscariote era el de una persona divina. Y Él lo dice mucho antes de que algo saliera a luz. En los demás evangelios todo está reservado hasta la víspera de Su traición, pero Juan fue guiado por el Espíritu Santo a recordar que el Señor les había dicho que era “así desde el principio”, y, si bien él lo sabía (Juan 6:64), los discípulos sólo podían confiar en el conocimiento que el Señor tenía de ello; porque si el Señor tuvo paciencia para con él, ¿no debían ellos hacer lo mismo? Si Él no les dio instrucciones de cómo tratar con el mal, ellos debían esperar. Tal es siempre el recurso de la fe, la que nunca obra con apresuramiento, sobre todo en un caso tan solemne. “El que creyere, no se apresure” (Isaías 28:16).
Nada está oculto para Dios, todo está en sus manos, y la palabra clave es paciencia, hasta que llegue el tiempo de tratar con todo lo que sea contrario a Él. El Señor permite que Judas se manifieste plenamente tal como es, y entonces ya no se trataba más de ser tolerante para con el traidor. Si bien existen ciertos casos de mal que debemos juzgar, también hay asuntos que el Señor no le pide a la Iglesia que los resuelva.
Debemos tener cuidado de no comparecer ante Dios, para que no seamos hallados en detalle, punto por punto —cuando no en lo principal— contra Dios. No debemos quebrar lo que está herido, cediendo a sentimientos personales o de partido. Corremos peligro de caer en esto. El efecto inevitable de un espíritu crítico, propenso a juzgar a los demás, es que terminamos siendo juzgados nosotros mismos. Por lo general se habla mal de un alma que tiene un hábito censor. “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados” (v. 2).
En seguida el Señor presenta un caso particular: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (v. 3). Es decir, cuando existe esta predisposición a juzgar, hay un mal aún más serio, a saber, un mal en el espíritu que no es habitualmente juzgado en la presencia del Señor, que vuelve a la persona preocupada y deseosa de demostrar que los demás también están equivocados. “¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacarte la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?” (v. 4). La astilla, naturalmente, era algo pequeño, pero se hacía de ella algo muy grande, mientras que la viga —que era algo realmente enorme— era pasada por alto. El Señor, de la manera más enfática, pone en evidencia el peligro de tener un suspicaz espíritu judicial o crítico. Y muestra que la manera de obrar rectamente, si deseamos el bien de los Suyos y que sean librados del mal, es comenzar por juzgarnos a nosotros mismos. Si realmente deseamos sacar la paja del ojo de nuestro hermano, ¿cómo debemos hacerlo? Comencemos por confesar y corregir las graves faltas que hay en nosotros mismos, de las que tan poco conscientes somos: esto es digno de Cristo. ¿De qué manera trata el Señor con ello? ¿Acaso dice de la paja en el ojo de nuestro hermano: «llevad el caso ante jueces»? ¡De ninguna manera! Uno debe examinarse a sí mismo. El alma debe comenzar por ahí. Cuando uno juzga el mal que su conciencia conoce, o que puede aprender en la presencia de Dios en caso de que la propia conciencia no lo conozca ahora, si comenzamos por eso, entonces veremos claramente lo que concierne a los demás; tendremos un corazón apto para introducirnos en las circunstancias de los demás, y un ojo purificado de todo aquello que inhabilita el corazón para tener el mismo sentimiento de Dios respecto de los demás. “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (v. 5). Esto, en principio, bien puede hallarse en un creyente; pero cuando el Señor dice: “¡Hipócrita!”, él hace alusión al mal en su forma más plena; pero aun en nosotros mismos, experimentamos este mal en alguna medida, y ¿puede algo ser más contrario a la simplicidad y a la piadosa sinceridad? La hipocresía es el más odioso de los males que puede hallarse bajo el nombre de Cristo, algo ante lo cual hasta la misma conciencia natural del hombre se retuerce y rechaza. “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.”
Una y otra vez podemos comprobar que cuando la propia viga se ha ido, la paja en el otro no se ve más porque ha desaparecido. Y cuando el corazón está puesto en el Señor, ¿acaso nos lamentaríamos de reconocer que estábamos equivocados respecto de nuestro hermano? ¿Acaso no deberíamos regocijarnos al hallar la gracia del Señor en mi hermano, si sólo descubriésemos, ejerciendo el juicio propio, que yo mismo solamente estaba equivocado? Claro que esto será penoso para uno, pero el amor de Cristo en el corazón del creyente se complace en saber que evita así traer una deshonra más sobre Cristo. Éste, pues, es el primer gran principio que nuestro Señor manda aquí. Uno debe velar diligentemente contra el hábito de juzgar a los demás. Ello trae amargura al espíritu que da rienda suelta a este hábito, y vuelve al alma incapaz de tratar con los demás rectamente; pues hemos sido puestos en el mismo cuerpo y, como lo muestra el apóstol Pablo, con el expreso propósito de ayudarnos los unos a los otros, y todos somos miembros los unos de los otros.
W. Kelly, Lectures on the Gospel of Matthew, cap. 7
«El juzgar a un hermano es una tendencia que se halla profundamente arraigada en nuestros corazones. La Palabra no prohíbe juzgar cosas o enseñanzas, sino que, contrariamente, anima a que lo hagamos, como lo podemos ver, por ejemplo, en 1 Corintios 2:15; 10:15. Pero el juicio de las personas, está prohibido. A la Iglesia se le demanda que juzgue a aquellos que están dentro, en ciertos casos, como podemos ver en 1 Corintios 5 y 6. Pero, con esta excepción, juzgar a las personas es prerrogativa del Señor. Y si, a pesar de que el Señor prohíbe juzgar, incurrimos en ello, dos penas seguirán con toda seguridad, como él lo indica aquí. En primer lugar, nosotros mismos vendremos a juicio, y seremos medidos tal como hemos medido a los demás. En segundo lugar, seremos llevados a la hipocresía. No bien comenzamos a juzgar a los demás, nos volvemos ciegos a nuestros propios defectos. El pequeño defecto en nuestro hermano lo vemos aumentado bajo la lupa de nuestros propios ojos, sin ser conscientes de que tenemos el gran defecto de una naturaleza que deteriora nuestra vista espiritual. La más provechosa forma de juicio para cada uno de nosotros es el juicio de uno mismo.»
F. B. Hole, Matthew, cap. 7
El JUZGAR A LOS DEMÁS
Muchos aplican Mateo 7:1 en forma incorrecta, como si el cristiano no debiera juzgar en absoluto. El error de tal interpretación se hace evidente al leer el versículo 15 de este mismo capítulo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. ¿Cómo podríamos “guardarnos de los falsos profetas” si no tuviéramos que juzgar en absoluto? Lo que no debemos juzgar son los motivos del corazón. Pero es nuestro deber juzgar la conducta y la doctrina de los demás. Esto queda claro al leer 1.ª Corintios 5:12-13: “Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros”. ¿Qué quiere decir esto? Que los cristianos claramente tienen la obligación de juzgar una mala conducta y de quitar de en medio de ellos al ofensor impenitente. Si los corintios no lo hubieran hecho, Dios los habría tenido que juzgar a ellos. Por último, leamos 1.ª Juan 4:1: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo”. ¿Qué quiere decir esto? Claramente que los cristianos tienen la obligación de juzgar la doctrina de todo aquel que viene a ellos, y de rechazar las que son falsas.
C.H.M.
JUZGARSE A SÍ MISMO
Existen pocos ejercicios más valiosos y saludables para el cristiano que el de juzgarse a sí mismo. Con esto no me refiero a la desdichada práctica de buscar en uno mismo pruebas de vida y de seguridad en Cristo, pues sería terrible estar ocupados en esto. Yo no podría concebir ninguna otra ocupación más deplorable que la de estar mirando a un yo vil en vez de contemplar a un Cristo resucitado. La idea que muchos cristianos parecen abrazar con respecto a lo que se conoce como «autocrítica» —esto es, un examen de sí mismos— es por cierto deprimente. Ellos lo consideran como un ejercicio que puede terminar haciéndolos descubrir que no son cristianos en absoluto. Esto, lo repetimos, es una labor terrible.
Sin duda es bueno que aquellos que han estado edificando sobre un fundamento arenoso tengan abiertos sus ojos para ver el grave error que ello configura. Es bueno que aquellos que con satisfacción han estado envueltos en ropajes farisaicos se despojen de los mismos. Es bueno que aquellos que han estado durmiendo en una casa en llamas despierten de sus sueños. Es bueno que aquellos que han estado caminando con los ojos vendados al borde de un terrible precipicio se saquen la venda de sus ojos para que vean el peligro y retrocedan. Ninguna mente inteligente y ordenada pensaría en poner en duda la propiedad de todo esto. Pero entonces, admitiendo plenamente lo antedicho, la cuestión del verdadero juicio propio permanece completamente intacta. En la Palabra de Dios no se le enseña ni una vez al cristiano a examinarse a sí mismo con la idea de que descubra que no es cristiano, sino —y trataremos de demostrarlo— precisamente lo contrario.
Hay dos pasajes en el Nuevo Testamento que son tristemente mal interpretados. El primero tiene que ver con la celebración de la cena del Señor: “Por tanto, pruébese (o examínese) cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1.ª Corintios 11:28-29). Ahora bien; es común, en este pasaje, que el término “indignamente” se lo aplique a las personas que participan, cuando, en realidad, se refiere a la manera de participar. El apóstol nunca pensó en cuestionar el cristianismo de los corintios; es más, en las palabras de apertura de su epístola él se dirige a ellos en estos términos: “a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (en rigor, «santos por llamamiento»). ¿Cómo podía él emplear este lenguaje en el capítulo 1 y poner en tela de juicio, en el capítulo 11, la dignidad de esos santos para participar de la cena del Señor? ¡Imposible! Él los consideraba santos y, como tales, los exhortó a celebrar la cena del Señor de una manera digna. Jamás se planteó la cuestión de que estuviera presente allí alguno que no fuese verdadero cristiano; de modo que era absolutamente imposible que la palabra “indignamente” se pudiera aplicar a personas. Su aplicación correspondía únicamente a la manera. Las personas eran dignas, pero su manera no; y entonces fueron exhortadas, como santas, a juzgarse a sí mismas en lo que respecta a su proceder, pues, de lo contrario, el Señor habría de juzgarlas en sus personas, como ya había sido hecho (1 Corintios 11:30). En una palabra, habían sido exhortados a juzgarse a sí mismos en su calidad de cristianos. Si ellos hubiesen tenido dudas de esa condición, no habrían sido capaces de juzgar absolutamente nada. Yo nunca pensaría en hacer que mi hijo juzgase si es hijo mío o no, pero sí esperaría que él se juzgara a sí mismo en cuanto a sus hábitos, pues, de lo contrario, yo tendría que hacer, mediante la disciplina, lo que él debió haber hecho mediante el enjuiciamiento propio. Precisamente porque lo considero mi hijo no lo dejaría sentarse a mi mesa con ropas sucias y malos modales.
El segundo pasaje se encuentra en 2.ª Corintios 13: “pues buscáis una prueba de que habla Cristo en mí... examinaos a vosotros mismos” (v. 3-5). El resto del pasaje es un paréntesis. El punto esencial es éste: el apóstol apela a los mismos corintios como la clara prueba de que su apostolado era divino; de que Cristo hablaba en él, de que su comisión provenía del cielo. Él los consideraba como verdaderos cristianos, a pesar de toda la confusión que reinaba en la asamblea; pero, puesto que ellos constituían el sello de su ministerio, ese ministerio debía ser divino, y, por ende, no debían oír a los falsos apóstoles que hablaban en contra de él. El cristianismo de los corintios y el apostolado de Pablo estaban tan íntimamente relacionados que poner en duda el uno implicaba poner en duda el otro. Resulta claro, pues, que el apóstol no exhortaba a los corintios a examinarse a sí mismos con la idea de que dicho examen pudiera resultar en el triste descubrimiento de que no eran cristianos en absoluto. ¡Todo lo contrario! En realidad, es como si yo fuera a mostrarle un auténtico reloj a una persona y le dijese: «Ya que usted busca pruebas de que el hombre que fabricó este reloj es un verdadero relojero, examine el aparato».
Resulta claro, pues, que ninguno de los pasajes citados aporta garantía alguna que apoye la idea de ese tipo de «examen de conciencia» o «autocrítica» que algunos sostienen, el cual se basa en un sistema de dudas y temores y carece de todo respaldo en la Palabra de Dios. El juicio propio, sobre el cual deseo llamar la atención del lector, es algo totalmente diferente. Es un sagrado ejercicio cristiano del más saludable carácter. Tiene por base la más inquebrantable confianza respecto de nuestra salvación y aceptación en Cristo. El cristiano es exhortado a juzgarse a sí mismo por cuanto es cristiano, y no para ver si lo es. Esto marca toda la diferencia. Si estuviera mil años haciendo un examen de conciencia, una autocrítica, y buceara en el yo, no hallaría otra cosa que miseria, ruinas e iniquidad, cosas todas a las que Dios hizo a un lado y a las que yo tengo la responsabilidad de considerarlas “muertas”. ¿Cómo podría esperar obtener pruebas consoladoras mediante tal examen? ¡Imposible! Las pruebas del cristiano no han de hallarse en su corrompido yo, sino en el resucitado Cristo de Dios; y cuanto más logre olvidarse de lo primero y ocuparse en lo segundo, tanto más feliz y santo será. El cristiano se juzga a sí mismo, juzga sus hábitos, sus pensamientos, sus palabras y sus actos porque cree que es cristiano, no porque dude que lo sea. Si él duda, no es apto para juzgar nada. El verdadero creyente se juzga a sí mismo estando plenamente consciente y gozoso de la eterna seguridad de la gracia de Dios, de la divina eficacia de la sangre de Jesús, del poder de Su intercesión que prevalece sobre todo, de la inquebrantable autoridad de la Palabra, de la divina seguridad de la más débil oveja de Cristo; sí, entrando en estas realidades inapreciables por la enseñanza de Dios el Espíritu Santo, el creyente verdadero se juzga a sí mismo. La idea humana de la «autocrítica» se basa en la incredulidad. La idea divina del juicio propio, en cambio, se basa en la confianza.
Pero nunca olvidemos que somos exhortados a juzgarnos a nosotros mismos. Si perdemos esto de vista, la vieja naturaleza no tardará en aflorar de nosotros y ganará la delantera; entonces tendremos que ocuparnos tristemente en ello. Los cristianos más devotos tienen un sinnúmero de cosas que necesitan ser juzgadas, y, si no se juzgan habitualmente, seguramente acumularán abundante y amargo trabajo para sí. Si hubiese enojo o ligereza, orgullo o vanidad, desidia natural o impetuosidad natural, cualquier cosa que pertenezca a la naturaleza caída, nuestro deber como cristianos es juzgar y avasallar todas estas cosas. Todo lo que sea juzgado de forma permanente nunca se hallará en la conciencia. El enjuiciamiento propio mantendrá todos nuestros asuntos de forma correcta y en orden; pero, si la vieja naturaleza no es juzgada, no sabemos cómo, cuándo o dónde brotará, provocando un agudo dolor del alma y trayendo deshonra al nombre del Señor. Los más graves casos de fracaso y decadencia generalmente se deben al descuido en el juicio de uno mismo respecto de cosas pequeñas. Hay tres diferentes niveles de juicio: el juicio propio, el juicio de la iglesia y el juicio divino. Si un hombre se juzga a sí mismo, la asamblea se conserva pura. Pero si no lo hace, el mal brotará de alguna forma, y entonces la asamblea se verá comprometida. Y si la asamblea deja de juzgar el mal, entonces Dios habrá de tratar con la asamblea. Si Acán hubiese juzgado sus pensamientos ambiciosos, la congregación no se habría visto implicada (Josué 7). Si los corintios se hubiesen juzgado en privado, el Señor no habría tenido que juzgar a la asamblea en público (1.ª Corintios 11).
Todo esto es sumamente práctico y humillante para el alma. ¡Ojalá que todo el pueblo del Señor aprenda a andar en el despejado día de Su favor, en el santo gozo de sus mutuas relaciones y en el habitual ejercicio de un espíritu de juicio propio!
Para a Edificação do Corpo de Cristo!! Mateus 5:9 Bem-aventurados os pacificadores, porque serão chamados filhos maduros de Deus.
quinta-feira, 4 de setembro de 2008
El Cristiano y el Dinero- C. H. Mackintosh
Algunas respuestas a cartas de lectores respecto al dinero y temas relacionados
Estimado lector,
Hemos leído su carta con profundo interés, y podemos compartir plenamente lo que usted siente sobre este tema. Creemos ciertamente que el cristiano tiene el deber de proveer diariamente para las necesidades de su familia; el deber de educar a sus hijos y de encaminarlos para que obtengan sus propios recursos y aprendan a ganar sus ingresos de manera honesta. El Nuevo Testamento manda tan claramente hacer todas estas cosas, que no deja lugar a ninguna duda. Pero estos sagrados deberes dejan completamente intacta la cuestión de acumular y guardar, por un lado, y de especular, por el otro. No creemos para nada en ninguna de estas dos cosas. Creemos que acumular dinero o bienes materiales llena el alma de herrumbre, en tanto que la especulación llena el corazón y la mente de preocupaciones y de ansiedad. Amamos y honramos la industria y el esfuerzo honesto; pero la Escritura nos dice que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (2.ª Timoteo 6:10), y no creemos que la bendición de Dios repose sobre Sus hijos cuando éstos se vuelven accionistas de empresas del mundo. Usted mismo, querido amigo, pasó por esta experiencia. Pensamos que hubiera sido mucho mejor si hubiese adquirido una casa, ya para vivir en ella, ya para alquilarla, que invertir su dinero en una compañía como la que describió. Pero todas estas cosas deben arreglarse entre el Señor y la propia conciencia de cada uno. Solamente agregamos que existe una enorme diferencia entre cometer un verdadero pecado, y faltar en devoción personal y no estar a la altura que corresponde a un discípulo de Cristo. En lo que respecta a nosotros, buscamos con ahínco esta devoción personal y esta marcha cristiana elevada como discípulos. Creemos que hay una triste falta de esto en nuestros días. La marea de la mundanalidad crece rápidamente sobre nosotros, y no conocemos otra barrera más eficaz contra ella que una entera devoción de corazón y una consagración a Cristo y a su causa. Cuando la verdadera inclinación del alma es hacia Cristo, uno no se ve asaltado por angustiantes preguntas en cuanto a si esto o aquello es bueno o malo; pero cuando el alma no tiene esta inclinación, el corazón puede armarse de miles de plausibles argumentos, y es una verdadera pérdida de tiempo y un vano esfuerzo tratar de responder a tales argumentos, puesto que no hay capacidad espiritual para apreciar la fuerza de la respuesta. Quiera Dios bendecirlo, querido amigo, y confortar su corazón ante su pesada pérdida. Que su inquebrantable confianza sea siempre en Él, y Él demostrará que es diez mil veces mejor que todas las «compañías de responsabilidad limitada».
No vemos nada de malo en que un cristiano solicite, de una manera conveniente, un adelanto de salario, siempre y cuando ello no sea al fruto de la ambición, sino simplemente para el sostén de su familia. Pero no podemos tratar de establecer reglas en cuanto a esto. Mucho dependerá de las circunstancias del caso.
Respecto del pasaje de Lucas 16:9: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”, siempre lo hemos explicado mediante 1.ª Timoteo 6:17-19: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”, lo cual constituye un excelente comentario del pasaje de Lucas. Las riquezas de este mundo no son lo que propiamente nos pertenecen a nosotros como cristianos. Nuestras riqueza son celestiales; nuestras bendiciones son espirituales, en los lugares celestiales en y con Cristo (Efesios 1:3). Las riquezas de este mundo pertenecen propiamente al judío; pero para el cristiano ellas son el “mamón” o la injusticia (Mateo 6:24; Lucas 16:9, 13), o las riquezas que no pertenecen justamente a nosotros.
Pero si en nuestra conversión ocurre que poseemos tales riquezas, Lucas 16:9 nos enseña que hagamos amigos de ellas gastándolas en el servicio del Señor, y para los pobres, “atesorando para sí buen fundamento para lo por venir”. La expresión “para que ellas os reciban”, es una expresión o giro idiomático, y puede ser vertida así: «para que ellas sean el medio de recibiros», etc. Ésta es la verdadera manera de emplear las riquezas, la mejor forma de invertir el capital. Producirá un rédito cien veces mayor; y ¿qué banco de este mundo o qué compañía de responsabilidad limitada pueden rendir semejante interés? Muchos creyentes últimamente han sido llamados a probar los amargos frutos de haber ido en pos de lo que ellos consideraban «inversiones provechosas». Hay que preguntarse si el desastroso quiebre de bancos o la caída de empresas de responsabilidad limitada no ha sido el resultado de los caminos de Dios con sus hijos que estuvieron asociados con ellos.
Lo mejor que podemos hacer con nuestro dinero es gastarlo para el Señor; y entonces, en vez de ser herrumbre en nuestras almas, ello acumulará tesoros en el cielo (Mateo 6:19-20). Pero debemos recordar que Lucas 16:9 y 1.ª Timoteo 6:17-19 se dirigen a discípulos, y no a inconversos. Si esto se pierde de vista, sólo arrojaremos polvo en los ojos de los hombres al llevarlos a suponer “que el don de Dios se puede obtener con dinero”. A uno que creía esto antiguamente, Pedro le dijo: “Tu dinero perezca contigo” (Hechos 8:20).
En cuanto a Romanos 13:8: “No debáis a nadie nada”, lo tomamos en su sentido llano y amplio. Creemos que nos enseña a no deber nada a nadie. ¡Quiera Dios que esto pueda ser una realidad en el más pleno sentido en la vida de todos! Es extremadamente penoso ver la triste falta de conciencia en aquellos cristianos profesantes en lo que respecta a las deudas. Exhortamos solemnemente a todos nuestros lectores, que tienen la costumbre de meterse en deudas, a juzgarse a sí mismos respecto de este tema y a que abandonen enseguida una falsa posición. Es mucho mejor sentarse a comer un mendrugo de pan y vestirse con un vestido gastado, que vivir bien y vestir bien a expensas de nuestro prójimo. Esto último lo consideramos una positiva injusticia. ¡Ojalá tengamos una mente recta!
La primera gran ocupación de una persona que está endeudada, es salir de las deudas. Debemos ser justos antes que generosos.
C. H. M., Things New and Old, 1864
Una pregunta sobre el cristiano y las deudas
Usted pregunta: «¿Es lícito que un cristiano que está con deudas, done dinero con fines benéficos?» Muy seguramente que no. Debemos ser justos antes que generosos. Si estoy endeudado, no tengo derecho a dar dinero en caridad. Si lo hiciera, habría al menos, como otro lo ha dicho, una medida de honestidad si aclarara por escrito en cada donación que hiciese, estas palabras: «Tomado a préstamo de mis acreedores sin su consentimiento.» Pero, querido amigo, debemos ir mucho más lejos que esto. Creemos que, como regla general, los cristianos no deberíamos contraer deudas. El precepto bíblico es tan claro que nadie puede escapar a su fuerza: “No debáis a nadie nada” (Romanos 13:8). No consideramos aquí el asunto de cuán lejos pueden llevar a la práctica esta santa y bienaventurada regla aquellos que se dedican a los negocios, sobre todo al comercio. Hay ciertos términos en que el fabricante o el industrial vende sus productos al proveedor y éste al comerciante minorista, como por ejemplo con plazos para el pago (a crédito) o en otras condiciones similares, y mientras estas condiciones se cumplan en los plazos establecidos, es cuestionable si uno puede estar realmente endeudado. No obstante, creemos que sería mejor y más seguro, de cualquier manera, que los creyentes dedicados al comercio realicen sus pagos al contado y se beneficien del descuento mediante esta forma de pago. E, incuestionablemente, un hombre está endeudado, si el capital de su negocio y las deudas debidas a él no son ampliamente suficientes para hacer frente a todas sus obligaciones de pago. Es una pobre cosa, algo insincero, indigno e inescrupuloso que un hombre realice transacciones comerciales con un capital ficticio, para vivir mediante un sistema de cheques o papeles negociables de valor dudoso o con fondos insuficientes, ostentando que tiene respaldo, a expensas de sus acreedores. Tememos que haya mucho de esta deplorable conducta aun entre aquellos que ocupan la más elevada plataforma de la profesión cristiana.
En cuanto a las personas que viven en la vida privada, no existe la menor excusa para meterse en deudas. ¿Qué derecho tengo yo, delante de Dios o de los hombres, de usar un abrigo o un sombrero que no he pagado? ¿Qué derecho tengo a ordenar la compra de una tonelada de carbón, de medio kilo de te o de diez kilos de carne, si no tengo el dinero para pagarlo? Puede que se diga: «¿Qué debemos hacer?» La respuesta es simple para una mente recta y una conciencia delicada: debemos hacer las cosas procurando ante todo no meternos en deudas. Es infinitamente mejor, más dichoso y más santo sentarse a comer un mendrugo de pan y a beber una copa de agua que hemos pagado, que comer una buena carne asada por la cual nos hemos endeudado. Lamentablemente, querido amigo, hay una triste falta de conciencia y de sanos principios respecto a este importante asunto. Los creyentes siguen, semana tras semana, sentándose a la Mesa del Señor, haciendo la más elevada profesión, hablando de principios santos y elevados, a la vez que están endeudados hasta las cejas, viviendo más allá de sus ingresos, tomando comida y vestido a crédito de todos aquellos que confiarán en ellos, y sabiendo en sus corazones que carecen de una perspectiva cierta de ser capaces de pagar lo que adquirieron. Seguramente esto es muy lamentable y deshonroso. No titubeamos en calificar a esto de injusticia práctica, y advertimos muy solemnemente a los lectores cristianos contra todas estas conductas relajadas e inconscientes. Hemos sido testigos de estas cosas últimamente, y sólo podemos considerar todo ello como uno de los amargos frutos del espíritu del antinomianismo tan común en el tiempo presente. ¡Que tengamos una conciencia delicada y una mente recta!
C. H. M., Things New and Old, 1864
Sobre ahorrar dinero para el futuro
Usted pregunta: «¿Es correcto atesorar dinero para el futuro?» Ésta es una cuestión que está enteramente entre el corazón y el Señor. Si uno no puede confiar plenamente en el Señor para el futuro, tanto en lo que respecta a él como a su familia; si no tiene una conciencia tal de lo que es Dios y de lo que es la vida de fe, como para elevar su corazón enteramente por encima de los límites de la confianza en la criatura, de las esperanzas humanas y de las expectativas terrenales, el tal, naturalmente, sólo puede acopiar dinero o asegurar su vida. En el caso de un mero hombre del mundo, es muy loable que se prive y se niegue a sí mismo a fin de acumular y guardar para su esposa y sus hijos; pero el hombre de Dios se halla parado sobre un terreno enteramente diferente. Creemos que es mejor confiar en el Señor que depositar la confianza en un depósito o reserva de dinero, o en una política de seguridad. “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas” (Jeremías 49:11). A menudo hemos visto la verdad del viejo refrán: «Si acumulas para un tiempo de escasez o necesidad, Dios te enviará un tiempo de escasez y de necesidad.» Y en cuanto a los hijos, la mejor provisión que uno puede hacer para ellos, es enseñarles a proveer para sí mismos mediante la industria honesta.
C. H. M., Things New and Old, 1864
Estimado lector,
Hemos leído su carta con profundo interés, y podemos compartir plenamente lo que usted siente sobre este tema. Creemos ciertamente que el cristiano tiene el deber de proveer diariamente para las necesidades de su familia; el deber de educar a sus hijos y de encaminarlos para que obtengan sus propios recursos y aprendan a ganar sus ingresos de manera honesta. El Nuevo Testamento manda tan claramente hacer todas estas cosas, que no deja lugar a ninguna duda. Pero estos sagrados deberes dejan completamente intacta la cuestión de acumular y guardar, por un lado, y de especular, por el otro. No creemos para nada en ninguna de estas dos cosas. Creemos que acumular dinero o bienes materiales llena el alma de herrumbre, en tanto que la especulación llena el corazón y la mente de preocupaciones y de ansiedad. Amamos y honramos la industria y el esfuerzo honesto; pero la Escritura nos dice que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (2.ª Timoteo 6:10), y no creemos que la bendición de Dios repose sobre Sus hijos cuando éstos se vuelven accionistas de empresas del mundo. Usted mismo, querido amigo, pasó por esta experiencia. Pensamos que hubiera sido mucho mejor si hubiese adquirido una casa, ya para vivir en ella, ya para alquilarla, que invertir su dinero en una compañía como la que describió. Pero todas estas cosas deben arreglarse entre el Señor y la propia conciencia de cada uno. Solamente agregamos que existe una enorme diferencia entre cometer un verdadero pecado, y faltar en devoción personal y no estar a la altura que corresponde a un discípulo de Cristo. En lo que respecta a nosotros, buscamos con ahínco esta devoción personal y esta marcha cristiana elevada como discípulos. Creemos que hay una triste falta de esto en nuestros días. La marea de la mundanalidad crece rápidamente sobre nosotros, y no conocemos otra barrera más eficaz contra ella que una entera devoción de corazón y una consagración a Cristo y a su causa. Cuando la verdadera inclinación del alma es hacia Cristo, uno no se ve asaltado por angustiantes preguntas en cuanto a si esto o aquello es bueno o malo; pero cuando el alma no tiene esta inclinación, el corazón puede armarse de miles de plausibles argumentos, y es una verdadera pérdida de tiempo y un vano esfuerzo tratar de responder a tales argumentos, puesto que no hay capacidad espiritual para apreciar la fuerza de la respuesta. Quiera Dios bendecirlo, querido amigo, y confortar su corazón ante su pesada pérdida. Que su inquebrantable confianza sea siempre en Él, y Él demostrará que es diez mil veces mejor que todas las «compañías de responsabilidad limitada».
No vemos nada de malo en que un cristiano solicite, de una manera conveniente, un adelanto de salario, siempre y cuando ello no sea al fruto de la ambición, sino simplemente para el sostén de su familia. Pero no podemos tratar de establecer reglas en cuanto a esto. Mucho dependerá de las circunstancias del caso.
Respecto del pasaje de Lucas 16:9: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”, siempre lo hemos explicado mediante 1.ª Timoteo 6:17-19: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”, lo cual constituye un excelente comentario del pasaje de Lucas. Las riquezas de este mundo no son lo que propiamente nos pertenecen a nosotros como cristianos. Nuestras riqueza son celestiales; nuestras bendiciones son espirituales, en los lugares celestiales en y con Cristo (Efesios 1:3). Las riquezas de este mundo pertenecen propiamente al judío; pero para el cristiano ellas son el “mamón” o la injusticia (Mateo 6:24; Lucas 16:9, 13), o las riquezas que no pertenecen justamente a nosotros.
Pero si en nuestra conversión ocurre que poseemos tales riquezas, Lucas 16:9 nos enseña que hagamos amigos de ellas gastándolas en el servicio del Señor, y para los pobres, “atesorando para sí buen fundamento para lo por venir”. La expresión “para que ellas os reciban”, es una expresión o giro idiomático, y puede ser vertida así: «para que ellas sean el medio de recibiros», etc. Ésta es la verdadera manera de emplear las riquezas, la mejor forma de invertir el capital. Producirá un rédito cien veces mayor; y ¿qué banco de este mundo o qué compañía de responsabilidad limitada pueden rendir semejante interés? Muchos creyentes últimamente han sido llamados a probar los amargos frutos de haber ido en pos de lo que ellos consideraban «inversiones provechosas». Hay que preguntarse si el desastroso quiebre de bancos o la caída de empresas de responsabilidad limitada no ha sido el resultado de los caminos de Dios con sus hijos que estuvieron asociados con ellos.
Lo mejor que podemos hacer con nuestro dinero es gastarlo para el Señor; y entonces, en vez de ser herrumbre en nuestras almas, ello acumulará tesoros en el cielo (Mateo 6:19-20). Pero debemos recordar que Lucas 16:9 y 1.ª Timoteo 6:17-19 se dirigen a discípulos, y no a inconversos. Si esto se pierde de vista, sólo arrojaremos polvo en los ojos de los hombres al llevarlos a suponer “que el don de Dios se puede obtener con dinero”. A uno que creía esto antiguamente, Pedro le dijo: “Tu dinero perezca contigo” (Hechos 8:20).
En cuanto a Romanos 13:8: “No debáis a nadie nada”, lo tomamos en su sentido llano y amplio. Creemos que nos enseña a no deber nada a nadie. ¡Quiera Dios que esto pueda ser una realidad en el más pleno sentido en la vida de todos! Es extremadamente penoso ver la triste falta de conciencia en aquellos cristianos profesantes en lo que respecta a las deudas. Exhortamos solemnemente a todos nuestros lectores, que tienen la costumbre de meterse en deudas, a juzgarse a sí mismos respecto de este tema y a que abandonen enseguida una falsa posición. Es mucho mejor sentarse a comer un mendrugo de pan y vestirse con un vestido gastado, que vivir bien y vestir bien a expensas de nuestro prójimo. Esto último lo consideramos una positiva injusticia. ¡Ojalá tengamos una mente recta!
La primera gran ocupación de una persona que está endeudada, es salir de las deudas. Debemos ser justos antes que generosos.
C. H. M., Things New and Old, 1864
Una pregunta sobre el cristiano y las deudas
Usted pregunta: «¿Es lícito que un cristiano que está con deudas, done dinero con fines benéficos?» Muy seguramente que no. Debemos ser justos antes que generosos. Si estoy endeudado, no tengo derecho a dar dinero en caridad. Si lo hiciera, habría al menos, como otro lo ha dicho, una medida de honestidad si aclarara por escrito en cada donación que hiciese, estas palabras: «Tomado a préstamo de mis acreedores sin su consentimiento.» Pero, querido amigo, debemos ir mucho más lejos que esto. Creemos que, como regla general, los cristianos no deberíamos contraer deudas. El precepto bíblico es tan claro que nadie puede escapar a su fuerza: “No debáis a nadie nada” (Romanos 13:8). No consideramos aquí el asunto de cuán lejos pueden llevar a la práctica esta santa y bienaventurada regla aquellos que se dedican a los negocios, sobre todo al comercio. Hay ciertos términos en que el fabricante o el industrial vende sus productos al proveedor y éste al comerciante minorista, como por ejemplo con plazos para el pago (a crédito) o en otras condiciones similares, y mientras estas condiciones se cumplan en los plazos establecidos, es cuestionable si uno puede estar realmente endeudado. No obstante, creemos que sería mejor y más seguro, de cualquier manera, que los creyentes dedicados al comercio realicen sus pagos al contado y se beneficien del descuento mediante esta forma de pago. E, incuestionablemente, un hombre está endeudado, si el capital de su negocio y las deudas debidas a él no son ampliamente suficientes para hacer frente a todas sus obligaciones de pago. Es una pobre cosa, algo insincero, indigno e inescrupuloso que un hombre realice transacciones comerciales con un capital ficticio, para vivir mediante un sistema de cheques o papeles negociables de valor dudoso o con fondos insuficientes, ostentando que tiene respaldo, a expensas de sus acreedores. Tememos que haya mucho de esta deplorable conducta aun entre aquellos que ocupan la más elevada plataforma de la profesión cristiana.
En cuanto a las personas que viven en la vida privada, no existe la menor excusa para meterse en deudas. ¿Qué derecho tengo yo, delante de Dios o de los hombres, de usar un abrigo o un sombrero que no he pagado? ¿Qué derecho tengo a ordenar la compra de una tonelada de carbón, de medio kilo de te o de diez kilos de carne, si no tengo el dinero para pagarlo? Puede que se diga: «¿Qué debemos hacer?» La respuesta es simple para una mente recta y una conciencia delicada: debemos hacer las cosas procurando ante todo no meternos en deudas. Es infinitamente mejor, más dichoso y más santo sentarse a comer un mendrugo de pan y a beber una copa de agua que hemos pagado, que comer una buena carne asada por la cual nos hemos endeudado. Lamentablemente, querido amigo, hay una triste falta de conciencia y de sanos principios respecto a este importante asunto. Los creyentes siguen, semana tras semana, sentándose a la Mesa del Señor, haciendo la más elevada profesión, hablando de principios santos y elevados, a la vez que están endeudados hasta las cejas, viviendo más allá de sus ingresos, tomando comida y vestido a crédito de todos aquellos que confiarán en ellos, y sabiendo en sus corazones que carecen de una perspectiva cierta de ser capaces de pagar lo que adquirieron. Seguramente esto es muy lamentable y deshonroso. No titubeamos en calificar a esto de injusticia práctica, y advertimos muy solemnemente a los lectores cristianos contra todas estas conductas relajadas e inconscientes. Hemos sido testigos de estas cosas últimamente, y sólo podemos considerar todo ello como uno de los amargos frutos del espíritu del antinomianismo tan común en el tiempo presente. ¡Que tengamos una conciencia delicada y una mente recta!
C. H. M., Things New and Old, 1864
Sobre ahorrar dinero para el futuro
Usted pregunta: «¿Es correcto atesorar dinero para el futuro?» Ésta es una cuestión que está enteramente entre el corazón y el Señor. Si uno no puede confiar plenamente en el Señor para el futuro, tanto en lo que respecta a él como a su familia; si no tiene una conciencia tal de lo que es Dios y de lo que es la vida de fe, como para elevar su corazón enteramente por encima de los límites de la confianza en la criatura, de las esperanzas humanas y de las expectativas terrenales, el tal, naturalmente, sólo puede acopiar dinero o asegurar su vida. En el caso de un mero hombre del mundo, es muy loable que se prive y se niegue a sí mismo a fin de acumular y guardar para su esposa y sus hijos; pero el hombre de Dios se halla parado sobre un terreno enteramente diferente. Creemos que es mejor confiar en el Señor que depositar la confianza en un depósito o reserva de dinero, o en una política de seguridad. “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas” (Jeremías 49:11). A menudo hemos visto la verdad del viejo refrán: «Si acumulas para un tiempo de escasez o necesidad, Dios te enviará un tiempo de escasez y de necesidad.» Y en cuanto a los hijos, la mejor provisión que uno puede hacer para ellos, es enseñarles a proveer para sí mismos mediante la industria honesta.
C. H. M., Things New and Old, 1864
Assinar:
Comentários (Atom)
Irmãos em Cristo Jesus.
Mt 5:14 "Vós sois a luz do mundo"